Llevaba ya más de 20 años fuera de España - ¿se dice así, verdad? – concretamente en la cuenca del Diyala, estudiando el neolítico en Mesopotamia para una sociedad cultural británica , dentro de una multidisciplinar de este país.
Durante todo ese tiempo no había estado en España salvo en un par de ocasiones, por lo que ardía en deseos de volver a casa; había estado tan obsesionado con mi trabajo que apenas tenía información de lo que había acaecido en estos últimos años, y me prometía a mi mismo que me desquitaría durante estas vacaciones.
La fiesta de despedida del equipo fue a la vez triste y alegre; llevábamos muchos años juntos, pero la idea de regresar al hogar se reflejaba en nuestros rostros y tras el brindis decidí retirarme a mi alojamiento. El día siguiente se presentaba muy intenso.
El viaje por aire desde Bagdad hasta Londres había sido muy apacible, claro que los aviones habían mejorado mucho desde el siglo XX. Si no me equivoco, no tomaba un avión desde 1.999. Pero esta apacibilidad se terminó a la hora de coger el enlace con España. Parece ser que Iberia ya no existía como aerolínea, y las únicas que compañías que volaban hasta Madrid eran la British Airways y una tal Basko-Catalana del aire, de la cual yo tenía billete. Billete dado con una cara que estaba entre la repugnancia y el estupor por parte de la azafata al inquirirle si este era el departamento de reservas del vuelo hacia Madrid.
El vuelo en si no fue largo, pero empezaba a experimentar un extraño desasosiego que mitigaba en parte mi alegría . No había conseguido comunicar con España desde Londres por la sencilla razón que no encontraba el prefijo telefónico de ésta ni su clave de Internet. Y, para colmo, en mi billete aparecía “Cat” Departamento Centro como lugar de destino, en vez de Madrid.
Cuando aterrizó el avión todos estos pensamientos se difuminaron. Por fin llegaba a la Madre Patria, como dicen los sudamericanos, y no cabía en mi gozo. Lo primero que debía hacer era buscar alojamiento y visitar a unos familiares y amigos. ¡Menuda sorpresa se iban a llevar con mi presencia, ya que no pude avisarles de mi llegada.
De todos modos, me sentía extraño y más al ver una serie de cosas que ocurrían a mi alrededor: para empezar Barajas yo no se llamaba Barajas, sino Aeropuerto Internacional Joseph Pla, y la gente hablaba una extraña jerigonza que yo no podía entender, pero no podía decir que me resultaba ajena, era algo así como una mezcla de catalán, vasco y algunas palabras en castellano, todo ello con acento pasota y macarrónico.

Algo acomplejado por todo esto me dirigí a la terminal de taxis, y subí al vehículo de un taxista zafio. Sin embargo, como era viejo, tenía la esperanza de que pudiera entenderme y explicarme que es lo que pasaba.
- Aon vas, tio?
- Perdone pero no le entiendo.
-Conyo si eres un dinosaurio, ya creía que no existían. ¿a dónde va?
Extrañado por todo esto le dije apenas con un hilo de voz que a la plaza de España, a lo que me conrestó:
-¿Volera icir Plaça de Catalunya, no?.
-No, por Dios, quiero ir a la Plaza de España. ¿Esto es Madrid, no? El taxista miró con cara de desconcierto pero arrancó el coche y nos pusimos en marcha.
Los accesos a Madrid no habían cambiado tanto; cierto que había más nudos de comunicación e industrias, más tecnología, pero el paraje despoblado de árboles y el calor seco de julio en Madrid, seguían igual. Lo que no seguía igual eran los grandes cartelones indicadores en la carretera; en ninguno leía Madrid, en su lugar ponía Departament Centre. Me daban ganas de preguntarle al taxista por esto, pero desistí del empeño por no oír su chirriante tono de voz y al ver por la ventanilla que llegábamos a los arrabales de la ciudad, donde se abría una gran puerta para mi desconocida, en la que se destacaba en grandes letras: Bienvenguts a Departament Centre.
No entendía nada, me parecía estar recreando aquella vieja película, “El plantea de los Simios” donde Chartlon Heston era un astronauta caído en una tierra dominado por simios parlantes. Apenas repuesto de mi sorpresa inicial, veo un colosal monumento dedicado a la plantilla del F.C. Barcelona a la vez que me parecía escuchar gorgoritos de placer por parte del taxista al ver tal “monumento”. Llegado a ese punto, decido hablar de futbol con el taxista, ya que este tema une a todas las personas, tanto cultas como las de nulo entendimiento, con la esperanza de que luego me explicara lo que estaba pasando.
¿Quién ha ganado la liga este año? ¿el Madrid, el Atleti? Dígame que si y me dará un alegrón, pues yo soy colchonero de toda la vida.
-Pero que dises tío. Si eses equipes ya no existen, el equipe de aca es la Unio Sportiva Centre y ha tornat a segunda divisio. La liga la ha ganat el Barça y la copa el Honorable Lehendakari el Bilbo.
Yo estaba anonadado. Mientras pasábamos por lo que creí Colón; ahora resulta que es Plaza de Arzalluz. Pregunté con gran temor:
- ¿Pero el Museo Arqueológico seguirá aquí?
- Que va, se fue a la capital.
- ¿A la capital? – Inquirí sorprendido
- Sí. A Barcelona. Y lo que quedó del Museu del Prat y de los demás, y el de la Biblioteque Nasional también, después de su crema por centraliste y anticatalán.

Al oír esto me respaldé abatido en el asiento del taxis, mientras pasábamos por la Gran Carrer, que me resultaba extrañamente parecida a la Gran Vía Madrileña, tal vez por su cantidad de cines, que estrenaban las mejores películas: “Homes de negre” “Askatuok Batasuna Arzalluz” o “Terra e Miña”.
Por fin desembocamos en la Plaza de España, perdón, Plaza de Cataluña. Allí seguían sus viejos rascacielos: el edificio Cataluña y la Torre de Donosti, peron faltaba algo, no sé... ¡Ah sí! El homenaje de Cervantes brillaba por su ausencia, demolido por ser el adalid de la cultura española. En su lugar habían colocado una ingente estatua de un célebre rapsoda urbano de finales del siglo XX, un tal Ramoncín.
En fin, me bajo del taxi.
-¿Qué le debo?
-En total son 500 pujoles,
Me despierto sobresaltado y sudoroso. También me pellizco y miro a mi alrededor.
Estoy en casa.