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i señoras y señores, si! Yo fui un hombre de izquierdas hasta que comprendí que la pureza en el pensamiento socialista no existe en el mundo de la civilización y del progreso; y para ser un socialista adulterado ante mis ojos, decidí seguir la corriente de la vida desde una posición clara y sincera ante mis convicciones, sin engañarme a mi mismo, ni a nadie.
Tuve la creencia que la miseria moral estaba en los que sólo vivían para conseguir sus intereses materiales, recurriendo a todo tipo de acciones, sin contemplaciones ni miramientos sociales. Sólo les bastaba sus ambiciones y egoísmos particulares, y para ello tenía que explotar laboralmente al hombre. Estas eran para mi las formas que detestaba y aborrecía, y las representaba en el pensamiento de derechas.
Mi ideal era Jesucristo: la bondad, la paz, la solidaridad, la justicia, la igualdad... el amor. Y esto lo asociaba al pensamiento de izquierdas. Obvio decir que este pensamiento era la consecuencia de mi situación familiar ubicada en la clase trabajadora.
No comprendía a esa derecha de misa y comunión diaria, que su religión preconiza el amor al prójimo, por lo que sus acciones las juzgaba como falsas e hipócritas. Y viví hasta la muerte del dictador con la sublime esperanza de que algún día la izquierda remediaría todos los males de los desfavorecidos y explotados por aquella clase dirigente.
¡Y VINO LA IZQUIERDA REDENTORA DE LOS POBRES E INDIGENTES!
Y esa izquierda que yo esperaba como el maná me demostró tanta falsedad y mentira en sus predicamentos, y mi decepción fue tan grande, que comprendí que la única verdad está en ti mismo, no en las ideas que te quieren vender. Unos te las venden sin promesas de paraísos ni nirvanas, no te regalan nada. Otros te prometen edenes y vergeles sólo por el simple hecho de haber nacido, pero tampoco te regalan nada.
Ante la crueldad de la derecha y la quimera de la izquierda, abrí los ojos y comprendí que me era imposible engañar a nadie para conseguir situarme en la vida honestamente. Si quería prosperar desde la izquierda tenía que ser un demagogo convencido, cosa que no podía dado a mis principios morales; por lo que decidí prosperar como persona desde el estudio y el trabajo, prestando mis conocimientos profesionales a los que me iban a satisfacer mi colaboración en su justa medida a mis prestaciones laborales.
Hoy soy una persona que tengo la plena satisfacción de vivir holgadamente gracias al esfuerzo de mi trabajo y a la consideración de mi entorno. A nadie he engañado, ni nadie me engaña ahora.


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