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uien siga la serie “Amar en tiempos revueltos”, verá el sufrimiento de Pelayo ante la enfermedad de su mujer, Julieta; sufrimiento basado en el inmenso amor que siente por ella.
Algo parecido me pasa a mi con respecto a mi mujer; es tanto el amor que le profeso, que sólo pensar en su ausencia, me entra una congoja que me parece imposible mi subsistencia sin ella. Por lo que me planteo, si el amor y la felicidad no harán más daño que el odio y la infelicidad.
El odio y el resentimiento debe ser como un estímulo para los sentidos, y se debe disfrutar odiando, con la ventaja, que el final que se desea para la persona odiada, es la felicidad para el que odia. Sin embargo, para el amor, el final de la persona amada, es la desesperación para el que ama.
Vivir feliz con todo aquello que te rodea, es maravilloso, ¡desde luego! Pero conlleva vivir también en una constante preocupación por los seres que amas, los sobresaltos y la desazón son continuos; basta una carencia de noticias, o que acontezca algo fuera de la rutina diaria, para que las alarmas se te enciendan cada dos por tres. Una frase bastante simún en el amor de las madres es aquella de: “Este hijo (o hija) me va a quitar la vida”.
Vivir feliz y no caer en pensamientos oscuros que vayan a acabar con esa felicidad, es imposible; la felicidad es consustancial a las preocupaciones, no se pueden separar.
Aceptar que la felicidad ha de acabarse inevitablemente algún día, todos sabemos que es cierto, pero aceptarlo es muy duro. Sin embargo para el que odia, no tiene esos problemas mentales. El “sufrimiento” del que odia, es una alimento para su odio, y se regodea en todo el mal que su mente crea para la persona odiada. El disfrute en el amor, como dije antes, va ligado a la preocupación, y ésta, no concede felicidad. Vivir eternamente preocupado, es porque se vive eternamente enamorado, por lo que el amor y la felicidad hacen tanto daño, (o más) que el odio y la infelicidad.


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