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unque el término machista viene de macho, “el macho” que yo quiero reflejar en este escrito, no es ese hombre ruin y despreciable, que durante siglos ha tenido a la mujer como un ser inferior, y la ha llevado a estados denigrantes impropios de llevar a un ser humano. ¡No, no! El macho que yo voy a reflejar en este escrito, es el de aquel hombre, imagen del “príncipe azul” que aquellas mujeres soñaban otrora, no hace muchas décadas.

Yo he sido, lo reconozco sin pudor ni vergüenza, en mis años mozos, un “Macho Ibérico”, y voy a tratar de relatar en que consistía, quizás con poco fortuna y acierto y seguro, que, no aceptado por la mujer de hoy.

La imagen de la mujer que yo tenía, era como la de mi madre: el alma de la familia, el sostén de todos sus miembros, y a la que todo hombre bien nacido, tenía que adorar su imagen.

Esta imagen me hizo idealizar tanto a la mujer, que aunque no llegó a crear en mi ningún complejo, y menos del de Edipo, si me creó un respeto hacia ella que no me hacía ver ni comprender el verdadero sentido que tiene en la vida: exactamente el mismo que el del hombre; ya que los sentimientos de ambos son exactamente los mismos, son sus virtudes y sus miserias. Y por esta forma de ver a la mujer a mis 18 años, ante los ojos de mis amiguitas de colegio y barrio, pasé como un verdadero gilipollas, ya que como me dijo una de ellas 30 años después, rememorando nuestra infancia, que me lo ponían ante mis narices, “y ni lo olía”.

Creía a los 20 años, que el sexo no condicionaba a la mujer para nada, que eso sólo era cosa de hombres. ¿Y porqué lo creía? Pues porque cuando la naturaleza me pedía una hembra, antes que “una paja”, o me iba con “mujeres malas” o me la “machacaba”, ya que hacer sexo fuera del matrimonio era imposible. Hacerlo con “las mujeres buenas” era un premio reservado para la noche de bodas, y para acceder a él, había que llegar al pináculo de la gloria; matando al dragón de mil cabezas, y conseguir cortar la flor sagrada que nace en los más escarpado de la montaña sagrada.

Y como uno seguía en las nubes con respecto a la mujer, me dispuse a ser aquel “macho” por las que “las mujeres decentes” suspiraban. Ese hombre que cumplía perfectamente el rol exigido: bueno, honrado y trabajador, que la quisiera más que a nadie en el mundo, y que la respetara sexualmente hasta la noche de bodas. (Luego comprendí de donde me provenía aquel terrible dolor de huevos que me sobrevenía después de haber estado con mi “novia formal” bailando o en el parque, después de dejarla a las diez de la noche en la puerta de su casa)

¡Pero era precioso! El rol del macho y de la mujer, ofrecía a ambos unas emociones que dudo muy mucho que puedan sentirlas las parejas de hoy. ¡Los sueños eran maravillosos! “El macho” como apunté antes, luchando por conseguir al amor eterno de aquella “princesita” por la que era capaz de todo. Y la “hembra”, orgullosa de “su macho”, ansiosa de entregarle “el tesoro” que tan celosamente guardaba para él. ¡Era como un cuento de hadas!

Para “el macho” que relato, la mujer que amaba, era el summun de todas las cosas de la vida; por lo único que merecía luchar en la vida. Pero la verdad, la pura realidad, pues no quiero engañar a nadie, y menos a mi mismo, por lo luchábamos la mayoría de los novios de los años sesenta; el final que todos esperábamos, el premio ansiado, era EL FOLLAR.

Y como para el hombre de hoy, EL FOLLAR ya no representa ningún premio maravilloso a alcanzar, es una simple rutina, como el orinar o defecar, ¿Por qué lucha el hombre de hoy para alcanzar el amor de su amada?