Tercera entrega

 

De aquellas Navidades

Es difícil relatar aquel sentimiento,

muy difícil, os lo digo de verdad.

Eran... eran un mágico momento

aquellos días de la Natividad.

Eran como un maravilloso cuento

que llenaban el alma de felicidad.

 

¡Aquel Belén con tanto cariño!

La estrella con sus destellos...

San José, María y el Niño....

Los Reyes Magos y sus camellos...

Hoy todavía vivo y escudriño,

aquello que me parecía tan bello.

De aquel terrible pedo de José Luis

 

Aquel pedo es imposible de olvidar,

quedó impregnado en mis narices

y jamás de ellas se va a despegar.

¡Aroma de heterogéneos matices,

que me llegaron hasta el paladar;

lo recordaré hasta en mis canicies.

 

Acaeció una madrugada de Navidad.

entre bailoteos, canciones y risas

celebrábamos aquella festividad.

En la madruga fuimos todos a misa,

alegres, contentos, felices y en paz

a la capilla del retiro de las Clarisas.

 

En aquel oratorio diminuto aconteció;

a mi lado estaban Tomás y Alfredo,

de repente algo insólito alli sucedió:

los que oraban con el corazón sincero

 algo extraño e inusitado "les movió",

fue José Burgos, y su terrible pedo.

 
Aquel sacerdote que la misa oficiaba

al alzar el cáliz, algo le estremeció,

observé como se le desviaba la mirada

y al pronto como que se adormeció.

¡Que horror! parecía que no respiraba.

¡Para mi que aquel pedo le anestesió!

 

Pero eso no fue lo peor de aquella misa;

unas monjitas rezaban desde la celosía,

interceptaron las ventanas a toda prisa

debido a lo mal que en el templo hedía;

ver las caras que ponían aquellas Clarisas,

 me sigo carcajeando de aquello todavía.

 

Fue si mal no recuerdo, la madrugada de la Navidad del 55.

Nos juntamos en casa de Goyo, o Gorín como le solíamos llamar, entre otros, mi hermano José Antonio, Eduardo, Tomás, José Luis y algunas chicas que no consigo recordar sus nombres para pasar la Nochebuena bailando.

Decidieron una vez acabada la fiesta de madrugada, ir a una misa que daban unas monjitas en un convento de clausura cerca de casa.

Era una madrugada tranquila, con algo de neblina. La capilla tendría poco más o menos 30 o 40 metros cuadrados, y habría unas 20 o 25 personas que daban al ambiente cierto calor en aquella fría madrugada de invierno.

Observé como José Luis Burgos, en posición fetal, sentado en el suelo junto a la pared enfrente del altar, se retorcía como si de un fuerte dolor se tratara... Inmediatamente encima, estaban las celosías desde donde las cuales las monjitas de clausura asistían al Santo Oficio.

¡De repente....! Un olor mezcla de huevos podridos con azufre, invadió aquella pequeña estancia. Unos se miraban a otros con cierto estupor..

-¡Has sido tú, has sido tú! me espetó Eduardo con cierta desconfianza.

-¡Yo no, yo no...! dije algo molesto.

Al ver al pobre José Luis, como se seguía retorciendo en aquella postura, no cabía duda de la autoría de aquel terrible pedo.

Las monjitas, por la proximidad de aquella "eclosión", fueron las "más agraciadas" en el reparto del aquel "aroma", y cerraron las ventanas de las celosías a toda prisa.

Juro por mi honor, que esto es tan cierto como lo estoy contando, pues fue testigo de "primera nariz" de aquel evento.

Pero lo del cura fue de chiste. A la vez que alzaba el cáliz, aspiraba aquel olor que le hacía intercalar entre las frases propias del rito, un: sniffff, snifff, sniffff.... que le daba ese tono jocoso que comento.

¡Cierto señoras y señoras! Rigurosamente cierto.

 

 

De mis primeros pasos en "el arte del amor" (Quiero decir de mis correrías, por esos bailes de Dios)

 

Sólo quince años tenía el galán

cuando empezó su singladura.

figura de un hermoso arrayán *

Uno ochenta medía "mi armadura"

este que se las daba de don Juan.

¡Ah!  y era bastante cara dura.

 

* Arbusto de la familia de las Mirtáceas, de dos a tres metros de altura, oloroso, con ramas flexibles, hojas opuestas, de color verde vivo, lustrosas, pequeñas, duras y persistentes, flores axilares, solitarias, pequeñas y blancas, y bayas de color negro azulado.

Recuerdo mi primer baile de chiquillo:

y mi primer traje color gris marengo,

en aquel "Frontón" de Bravo Murillo,

calle de Madrid de rancio abolengo.

A mis zapatos les daba lustre y brillo,

¡Que maravillosos recuerdos tengo!

 

Aunque de joven era algo poeta,

y en el sexo sin amor, no creía

gozaba bailar con la "mente prieta"

a las chicas que bailar les pedía.

Se puede ser perfectamente asceta,

aunque aquello parezca una porquería.

 

De mis preferencias musicales de niño

 

Las canciones de amor me fascinaban:

Jorge Sepúlveda "mirando al mar" y "pecado"

en mi alma como palomas revoloteaban,

y en mi corazón quedaron siempre grabadas.

Eran canciones que emocionaban

y bailarlas muy juntitos era una gozada.

 

¡Qué maravillosas aquellas canciones de amor!

¡campanas de amor que en el alma repica!

¡Que envuelve el cuerpo un celestial rubor

moduladas por el gran Lucho Gatica!

O por Machín, que con su piel de otro color

llevo con su voz, a emociones infinitas.

 

El bolero nunca muere

porque el amor es eterno,

y si a veces el alma hiere

y te lleva a un infierno,

el corazón lo prefiere

aunque se lleven "cuernos".

 

Recuerdo aquellos años cincuenta, pegado a aquella radio de válvulas, buscando por todas las emisoras para escuchar aquellas canciones que marcaron mi espíritu y que me hicieron vivir momentos de ilusión. Y que todavía a mis sesenta y ocho años, me siguen emocionando.