El silencio de María
F
austino acaba de salir de la cárcel; por su buen comportamiento le han rebajado los 25 años de condena a sólo doce. Había sido condenado por matar a su mujer en un ataque de lo locura: el hombre no pudo soportar ni un día más las terribles estridencias y chirridos a los que le sometía aquella aterradora señora durante 20 años de matrimonio.
Se juro ante Dios, porque Faustino es un hombre muy devoto a pesar de sus terribles dudas espirituales, que si se casaba otra vez, lo haría con una mujer cuyo silencio fuese el manantial de su sabiduría, que sólo con mirarle a los ojos comprendiera todo lo que su alma ansía, y que nunca jamás cayese en la porfía.
¡Y por fin Faustino a ese mujer encontró un día!
María es su nombre, sumisa, callada. Sus palabras son el agua que derraman sus lagrimales; nunca dice nada, su voz transcurre plácidamente hasta el mar de la comprensión desde lo más profundo de sus manantiales.
¡Qué feliz era Faustino con aquella mujer llena de ternura! Ni un reproche, ni un ¡no quiero! Todo lo supeditaba a sus fueros.
Pero un aciago día Faustino, que pronto los sesenta cumplía, se vio en la situación angustiosa; la empresa donde trabajaba había quebrado. La zozobra era horrible, no sabía como poder afrontar un futuro lleno de compromisos. ¡Su pobre María! ¡Qué iba a ser de ella!
Llegó a casa abatido, bebido. Se arrodilló a los pies de su mujer, que como siempre hacía sus labores.
-María. ¡Amor mío! Hoy necesito que me hables. Ya sé que me juraste ante aquel altar que jamás me ibas a contradecir; pero hoy necesito de tu consuelo.
María calló. Se le humedecieron los ojos, seguramente por el humo del cigarrillo que Faustino acaba de encender. Pero fiel a su juramento no dijo nada.
¡Por al amor de Dios María!
¿Pero es que no ves mi pena?
mira mi faz, ve la melancolía
que me lleva otra ves a la trena
si tu no remedias esta agonía.
Dijo Faustino tomando a María por los hombros y llorando en su desespero.
Pero María impávida, impasible... Gracias a su silencio la felicidad de sus marido fue posible.
Enajenado, trasferida su alma a los avernos, delirante con aquel Dante, Faustino (que ya sabemos que tenía poco aguante), tomando unas tijeras de punta muy afilada, alzó su mano derecha en actitud desafiante... y gritando fuera de sus fueros...
-¡Mal halla mi fortuna!
Si otrora mate por chillidos
a una dama de Porzuna
hoy no mato por alaridos,
mato sin razón alguna...
En el mundo me veo perdido
por eso levanto a esta santa
este puñal con mi brazo erguido.
¡Blooooooooommmmmmmmmmmmmm!
La explosión se escucho a varios kilómetros a la redonda.
¡Qué lástima de muñeca hinchable! Era de látex puro.
Faustino tampoco pudo comprender a la mujer perfecta. Seguramente es porque no existe.



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