Sin pretender ser exagerado,
(y que nadie se asuste)
un servidor quedaba aterrado
de aquellos pedos con fuste
y de tamaño tan abultado.
¡Qué poderío, que poderío!
¡Qué portento de culo!
Pedos a su libre albedrío
más propios de un mulo
que de niño tan bien “nacio”.
De mil decibelios, yo calculo.
Fíjense como sonarían,
que de su cama a la cocina,
unos 15 metros habría,
y “cuando sonaba la bocina”
a mi madre, la señora María,
del susto se le caía el harina.
Mi padre (que no era sordo)
ante aquella resonancia fecal
y de tamaño tan gordo
un día le llamó ¡Animal!
cual se dice a un mulo tordo
ante “cuesco” tan colosal.
Si señoras y señores, no miento,
así eran “los aires” de José Antonio,
hondos, y con mucho fundamento,
vientos de su rico patrimonio,
tafanario con mucho predicamento,
aunque olieran a “mil demonios”.
De mi libro: "Recuerdos de un hombre cualquiera".


Escribe un comentario