Capítulo VI

 

Mi prima Marucha

 

Mi prima Marucha es mayor que yo, si en año 1954 que estuve veraneando en casa de mis tíos del Real de San Vicente, tenía 13 años, ella calculo que tendría sobre los veinte.

Como soy un pésimo conocedor del alma femenina, pues el que cree que nace para ser una abnegada esposa y madre, no tiene ni repajolera idea de lo que cabe en la mente de una mujer por muy decente que sea.

Por eso nunca sabré lo que le pasaba por la de mi prima Marucha en las siestas que me echaba junta a ella, en aquellas cálidas tardes de verano.

Por la mía si que pasaban cosas "muy feas" ¡Bueno! muy feas según el concepto que tenía en aquel tiempo de las cosas del folleteo.

La tenia acostada a mi derecha, boca arriba, vestida, eso si, no nos desnudábamos. Yo con mis pantaloncitos cortos y mi camisita, y ella con su faldita y blusita. Los dos tumbaditos boca arriba callados como tumbas.

Daría algo, sólo por curiosidad, por saber que pensaría mi prima en esos momentos. ¿Una moza de muy buen ver, morenaza y de carnes prietas y excitantes para darle un buen pellizco en las partes más mollares, con 19 o 20 años, que pensaría en esta circunstancia descrita?

Podría ser, que, por su mente no pasaran pasajes eróticos; quizás el pensar que tenía a su lado a un niño imberbe, no se le ocurriera la más mínima elucubración erótica. Sinceramente no lo sé, y nunca lo sabré, entre otras razones, que a mi prima hace que no la veo, por lo menos desde hace 50 años. Sé que está (o estaba) felizmente casada.

Recuerdo como si fuera hoy mismo, que fuimos los dos solos a dar un paseo por un monte cercano. Quien no conozca El Real de San Vicente, le digo que es un pueblo serrano de la Provincia de Toledo, situado el límite de la de Avila. Famoso por sus finas aguas; es un sanísimo lugar para tomar el aire más puro que se puede respirar.

Nos paramos al lado de unas piedras, y de pronto salió una culebra de entre las mismas, una culebrilla muy pequeña, que no era para asustarse. Pero mi prima se aferró a mi como muy asustada, y se pegó a mi cuerpo como una lapa durante unos segundos.

Tampoco puedo ni tan siquiera acercarme a la realidad, si mi prima hizo ese gesto por miedo a la culebrilla, o que deseaba abrazarme para echar allí mismo "un casquete". No lo sé la verdad. Pero lo que si puedo asegurar, que yo le hubiera echado, no uno, por lo menos tres.

Pero cuando estuve seguro de que con mi prima hubiera llegado por lo menos a darme un revolcón, fue cuando al poco tiempo, ella y mi tía (su madre) pararon en mi casa de Madrid unos días porque estaban de médicos.

Una mañana entré en el servicio, y estaba en combinación lavándose la cara. Se le marcaba el tafanario, como a la chica de la foto del cuadro de Salvador Dalí que ilustra este capítulo. No sé como pude atreverme, pero la abracé por detrás y recuerdo perfectamente como "la restregué la cebolleta" por las nalgas. Ella giró la cabeza, me miró y no me dijo nada.  El caso es, que, deshice el abrazo y salí del servicio como si no hubiera pasado nada.

¡Joder prima! Durante un tiempo fuiste el motivo de mis placeres solitarios. Y hoy, allá donde estés, te mando un beso muy fuerte, y te deseo lo mejor.